Cada 14 de febrero, millones de enamorados en todo el mundo se enfrentan a la misma crisis existencial: ¿qué regalarle a su pareja sin caer en lo obvio, lo cursi o lo desastrosamente equivocado? San Valentín no es solo una fecha para celebrar el amor, sino también un desafío de ingenio, paciencia y resistencia para encontrar el obsequio ideal.
“Le regalaré flores”, piensa alguien inocentemente. Pero luego recuerda que el año pasado ya lo hizo y su pareja respondió con un “Ay, qué lindo” tan forzado como las risas en una sitcom. “Quizá unos chocolates”, pero ¿y si está a dieta? “Un peluche”, aunque a los 30 años puede no ser la mejor idea. Y así, cada opción parece un campo minado listo para explotar en forma de una mirada de decepción.
Las redes sociales tampoco ayudan. Los influencers sugieren regalos carísimos que sólo podrían costear Jeff Bezos y compañía. Y si alguien osa preguntar directamente a su pareja, la respuesta será un clásico: “No hace falta que me regales nada”. Y claro, sabemos que esa frase es un trampa mortal: no caer en ella puede significar dormir en el sillón.
Los comercios también aprovechan el caos emocional con sus estrategias de venta. Las florerías aumentan los precios como si los ramos vinieran con una porción de felicidad garantizada, las joyerías muestran anillos con precios de infarto y los peluches gigantes parecen tener planes secretos para invadir las casas.
Al final, el regalo perfecto no existe. Lo que realmente importa es la intención y el amor con que se da. Claro, eso es fácil decirlo cuando no tienes minutos contados para elegir algo que no termine en reproches pasivos-agresivos.
Por eso, si estás en esta misión imposible, solo recuerda: lo peor que puedes hacer es olvidarte del día. Porque si crees que elegir un regalo es difícil, prueba explicarle a tu pareja por qué no compraste nada. ¡Buena suerte, valientes del amor!